Y aquella noche, como todas las que pasaría en su compañía, fluyo como un río bravo, húmeda, rápida, llegando a su desembocadura sin presa posible que la ralentizará el paso de las horas. Consciente de ello, intentó agarrarse a cada uno de los minutos que pasaron juntos, tallar en piedra cada segundo en su memoria y, al mismo tiempo, de disfrutar todos los momentos a su lado.No tuvo éxito, sin embargo, sí conservó el claro recuerdo de todas las cosas que nunca lograría recordar.
Nunca supo las cervezas que tomó esa noche (nuestro amigo no tenía la costumbre de contarlas pero podía llevar una cuenta aproximada basándose en el dinero que le quedaba en la cartera) pero jamás sintió la boca más seca que cuando tenía que dirigirse a ella. Ni el agua más clara de manantial podría lavar la sensación de su lengua pastosa ni aclarar la voz disonante y amarga que sintió surgir de su garganta en cada palabra que cruzaron y la cerveza, normalmente aliada, no le prestó su ayuda esta noche.
Los incontables cigarrillos que lió aquella noche se le antojaron una odisea pues las manos le temblaban con un sudor frío provocado por la consciencia de sus propios gestos. Esos cigarros, normalmente prensados en cilindros cuasi perfectos y que constituían un orgullo secreto y vergonzoso, se asemejaban a frágiles estalactitas con el papel mal doblado y peor pegado sobre un tabaco que se rebelaba amontonándose en hebras indivisibles.
Puede que la banda que tocaba en aquel garito mítico fuera la nueva promesa de la música madrileña pero él nunca lo sabría porque solo prestó oídos a lo que Ether decía. Nunca supo definir que tenía el tono de su voz que convertía sus palabras en versos que mil poetas hubieran querido plasmar en sus obras. Quizás no fuera el tono y era la cadencia que imprimía a sus frases lo que hacía que, meses más tarde, siguieran bailando en su cráneo. Quizás fueran las pausas, aqui y allá, amapolas en el campo de su discurso, cargadas de significado, lo que embellecía cada una de sus frases.
De igual forma era completamente incapaz de describir el color de sus ojos. Cada vez que intentó fijarse (su racionalidad seguía intentando clasificarla aunque fuera a través de la superficialidad de algún rasgo físico) su mirada lo atrapaba lanzandólo como un muñeco desmadejado a las profundidades abisales. Esa mirada que, en una fracción de segundo, le provocaba la misma euforia que alcanzar la cima de una montaña y la infinitesimilidad de quien se halla ante las ruinas de un imperio.
Y antes de que pudiera darse cuenta de ello, el cielo clareaba sobre las murallas de fuego de Madrid. Él caminaba con el paso pesado de los noctámbulos, trazando zetas irregulares sobre los adoquines que empezaban a desperezarse. Ella se deslizaba sobre el polvo mojado de una ciudad sonambula, casi bailando sobre el aire, tal era la ligereza de sus pasos.
La despedida se aproximaba, tan inexorable como amarga, como la muerte de una noche infinita, como el broche final que se clava en el pecho del que se engalana con él. Sin embargo, él no era capaz de sentirse triste, lo que le asombraba.
Años más tarde, caería en la cuenta que si todas las horas del día fueran atardeceres, no seriamos capaces de apreciar la belleza de los mismos. De igual manera, aquella noche, como todas las cosas que merecen la pena, tuvo que acabar para poder ser apreciada con la intensidad que surge de la fugacidad.
B.
PD: Creo que todavía le queda otra vuelta a este texto. Veremos.
15.5.20
4.5.20
Tierra
En el pulso calido e íntimo de la tierra oscura, era invencible e intocable. En ese oscuro manto húmedo de humus se embriagaba del aroma asfixiante del petricor. A su alrededor, las lombrices pasaban sin mirarle fijamente demostrando la correcta educación de los grandes desconocidos.
En ese reino subterráneo era rey y señor de su propia existencia. Alli, en la humedad del subsuelo fin había hallado paz, paz absoluta, de esencia y espíritu, esa quimera inalcanzable para los que habitan por encima.
Un silencio sordo, un abrazo perenne, la ausencia de necesidad, agotada por fin la angustia vital, el sinsentido de la eterna búsqueda de sentido, ni competencia ni competición. Así poco a poco olvidar y ser olvidado, abrazando el abrigo de la tierra y fundiendose en la nada y el todo.
Enterrado,
B.
En ese reino subterráneo era rey y señor de su propia existencia. Alli, en la humedad del subsuelo fin había hallado paz, paz absoluta, de esencia y espíritu, esa quimera inalcanzable para los que habitan por encima.
Un silencio sordo, un abrazo perenne, la ausencia de necesidad, agotada por fin la angustia vital, el sinsentido de la eterna búsqueda de sentido, ni competencia ni competición. Así poco a poco olvidar y ser olvidado, abrazando el abrigo de la tierra y fundiendose en la nada y el todo.
Enterrado,
B.
21.4.20
Bienvenida
Como decía aquella película que ya será muy antigua cuando tengas la edad para verla: “Me has conocido en un momento extraño de mi vida”. Y es que es, sin duda, un momento extraño y especial. Has venido a un mundo nuevo en el momento en el que todo es nuevo para el mundo.
Te has asomado en un momento caótico, en un tiempo de cacofonía digital y claustrofobia forzada. Has venido gritando a pleno pulmón cuando todos están aguantando la respiración u ocultándola detrás de una mascarilla y a reclamar que te dejen sitio cuando las calles están desiertas y contamos los metros de distancia entre nosotros.
Has llegado en un momento de miedo, rabia y pena, de preocupaciones, de jornadas interminables, de suspiros y lagrimas tras las ventanas que nos separan y protegen. Pero has aparecido también en un momento de solidaridad, empatía y comunidad, de ánimos inagotables, de aplausos y agradecimiento desbordando los balcones.
Y en este mundo, que tosía y luchaba por volver a ser verde, en este mundo en el que ahora los animales de cuento pasean entre semáforos y farolas, has venido para quedarte y recordarnos con tu piel rosada y tus ojos aún medio cerrados que, aunque estemos parados, la vida corre y sigue adelante y es el mayor motivo de celebración.
No me queda más que decirte: Bienvenida y perdona que esté todo un poco manga por hombro, normalmente lo tenemos más ordenado.
B.
PD: He sido tío por segunda vez y ha sido muy difícil resistirme a escribir algo al respecto.
12.4.20
Éhter (I?)
Días más tarde, juraría y perjuraría que no recuerda quién les presentó. Fue una amiga de trabajo cercana en un concierto de un grupo que se disolvería meses más tarde porque el bajista se fue a trabajar al extranjero. El concierto se celebraba en aquel bar mítico de la escena musical madrileña, uno de tantos donde no había estado antes.
-Mira, ahí está- le dijo su amiga, señalando un punto indeterminado al lado de la barra donde se agolpaba la gente pidiendo cerveza- Vamos, que te la presento. Esta chica es la ostia.- rió ella alegre, mientras se metía entre el público.
Nunca le había gustado ese tipo de frases. La gran mayoría de las veces auguraban una terrible decepción llena de silencios incómodos y preguntas manoseadas. Pero era un tipo educado, o esa era la imagen que le gustaba tener de si mismo, así que se vistió con su mejor sonrisa y siguió la estela de su compañera de curro entre el gentío.
Cuando les alcanzó al lado de la barra, la sonrisa perfecta que constituía su máscara y armadura se le congeló en la cara, dejandole un gesto terriblemente estúpido y divertido.
Porque veréis, nuestro amigo era un clasificador. Todo lo clasificaba y todo lo calificaba, lo cual no es tan raro per se, todos lo hacemos de vez en cuando. Lo suyo, sin embargo, pasaba de la costumbre a la manía y de la manía a la obsesión. Todo debía llevar su clasificación, su etiqueta con el nombre común y el nombre científico, debía poder entrar en un ranking, independientemente de en base a que criterios lo juzgara: color más chillón a la vista (el rosa), chiste más malo (el del perro Mistetas), olor más agradable (café recién hecho), dolor más punzante (el dolor de muelas), tipo de endulzante más dulce (el azúcar moreno), fruta más refrescante (la sandía)... Y si bien esto no era especialmente extraño aplicado a las cosas, cuando eran las personas las clasificadas resultaba algo inusual: la persona más alta, la más divertida, la más morena, la más cegata, la que puede nadar más rápido, la más presumida, la más crédula... estas clasificaciones adoptaban todos los adjetivos posibles y constituían los indices que le permitían moverse cómodamente por el complejo constructo social de su vida. Lo que estaba organizado, clasificado y etiquetado le aportaba paz y le dejaba hueco para pensar en si mismo.
Y en aquella noche cualquiera, mientras una banda cualquiera que se disolvería meses más tarde preparaba sus instrumentos, en un bar mítico de la escena musical madrileña, en aquella misma noche esa adicción a la clasificación, esa compulsión etiquetadora, provocó que, por primera vez en su vida, se le congelara la sonrisa en el rostro y se le quedara esa cara de imbécil tan terrible y tan divertida.
Porque la chica que estaba al lado de su compañera no tenía adjetivos. Era ella. Ella y punto. Ella sin adjetivos, sin calificativos, llenando todo ese pronombre, ella y punto final o punto seguido o ella y todos los símbolos de exclamación escritos en la historia de la escritura. Era ella, en esencia pura. Solo ella. Sin etiquetas, ni epítetos, ni atributos medibles, ni aposiciones posibles, nada cuantificable, nada cualificable.
Y no es que nuestro amigo no intentara aplicarle su metodología. Lo intentó con todo su esfuerzo, con todas sus ganas, con toda la experiencia de una vida poniendolo en práctica. Pero fracasó miserablemente. Su cerebro, desesperado como un oficinista en un incendio, le lanzaba todos los adjetivos que tenía al alcance y cada uno de ellos se estrellaba contra ella y resbalaba burlón sin que pudiera adherirse a esa chica.
Y en ese esfuerzo mental ímprobo, en esas volteretas intelectuales, no se dio cuenta de que le estaban hablando.
-¡Eh!- le devolvió su compañera de un golpe en el hombro a la realidad- ¡que te has quedado "empanado"!-
-Eh, ah - balbuceó él, consciente de si mismo y del gesto de imbécil tan terrible y divertido que había adoptado - Perdona, perdona, ¿qué decías?- dijo, intentando recomponerse.
- Que te presento a mi amiga Éther.
Y su nombre fue veneno y bálsamo, caricia y arañazo.
B.
Pd: Me he levantado con este texto en la cabeza, no sé muy bien si lo he soñado, lo he recordado o solo he querido vivirlo. Aún queda bastante pero lo parto en dos para no abusar de la idea ni de la paciencia del lector.
10.4.20
Una y otra vez.
El cielo gris plomo techando la pesadez del día.
La lluvia incesante de fondo, como el ruido blanco de un televisor desintonizado.
El dolor sordo en los lumbares, la combinación de una antigua lesión y una mala postura perenne en la silla del ordenador.
La viscosidad de los pensamientos, pegados los unos a los otros, como un rebaño de ovejas siendo atacadas por un lobo.
La claustrofobia de las mismas cuatro paredes constantes, eternas, agobiantes.
Un ataúd de gotelé color amarillo pálido.
Un regusto amargo en la boca, producto del café y los cigarros encadenados.
Las legañas embarrando la mirada y una pátina brillante en el iris que refleja el brillo de la pantalla.
La duda martilleante de si una copa antes del mediodía es buena idea. La duda de si solo una copa es buena idea.
La posibilidad de una ducha. La convicción de que despejará la cabeza y levantará el ánimo. La pereza de desnudarse. Desistimiento.
La misma formula repetida una y otra vez hasta la saciedad. Frase punto frase punto frase punto. Sin contenido, sin acción ni verbo, sin interés. El reflejo de la falta de imaginación. El ejemplo perfecto de una sociedad más preocupada por la estética que por el contenido. La falsa creencia de poder hacerlo mejor. La realización de la propia mediocridad.
El encierro en la cerrazón de la tristeza.
La ira de la mano de la tristeza. La ira que ataca todo lo que hay fuera de uno mismo. La ira que grita, que arrasa, que destruye con fuerza terrible la autocompasión.
La idea persistente, la necesidad apremiante de salir de este estado de ánimo
El tac-tac cada vez más fuerte, más rápido de las teclas.
La convicción de ser mejor que esto.
La consciencia de estar oxidado.
La falsa promesa de la constancia.
La voluntad de volver a hacerlo.
La pereza que se disipa.
Una sonrisa salvaje.
Un intento más.
B.
Todo cambia
Todo cambia.
Es la ley de la naturaleza más bella que existe.
En primer lugar, porque supone una excepción a si misma: lo único que no cambia, lo único de lo que podemos estar seguros, lo único inamovible e inapelable es el cambio. Y es una contradicción terrible y hermosa.
En segundo lugar, porque esta es una ley natural completamente independiente de la voluntad humana. Todo esfuerzo para prevenir el cambio es fútil, con independencia de la férrea determinación y de la fiereza con la que nos opongamos a ella. Antes o después, todo cambia y no podemos evitarlo.
En tercer lugar, porque es el complemento ideal a la mortalidad humana. El presente que vivimos cambiará, si no lo ha hecho ya, y solo podremos apreciar este presente cuando haya desaparecido bajo la marea del cambio. Es el sustento de la trilladisima expresión "Carpe diem": si no aprovechas el momento, este desaparecerá y no podrás hacer nada por evitarlo.
Todo cambia.
Escribía con la intensidad de la prepotencia adolescente, con la vehemencia de unos sentimientos mal gestionados, con ardiente pasión de lo que, en aquel entonces, consideraba mis verdades. Carezco ya de esas convicciones, un cinismo obligado por la experiencia ha destruido esas pasiones y me ha aportado plena consciencia de la volubilidad de mis sentimientos.
Escribía para las personas que más me importaban, como un manzano que protege y mima las manzanas que cuelgan de sus ramas esta primavera. Esas manzanas maduraron, cayeron de sus ramas y se pudrieron en el suelo y el manzano siguió dando frutos. De la misma forma, esas personas apenas aparecen ya en mis pensamientos.
Escribía mucho y libremente, con independencia de quién me leyera -qué cojones, cuanta más gente me leyera mejor, iba a ser el nuevo García Márquez- y ahora apenas lo hago y siempre bajo la terrible vigilancia de la autoconsciencia, evitando contradecirme, no vaya a ser que alguien encuentre esto.
Todo cambia.
Este diario, esta etapa de escritorzuelo estaba cerrada y enterrada. No podía, no sabía, no quería seguir adelante con ella. Demasiado esfuerzo, demasiado compromiso, demasiada vulnerabilidad. No tenía sentido seguir intentando resucitar unos huesos blanqueados por el paso del tiempo, quebrados por los pisotones de la vida.
Pero todo cambia.
B.
Es la ley de la naturaleza más bella que existe.
En primer lugar, porque supone una excepción a si misma: lo único que no cambia, lo único de lo que podemos estar seguros, lo único inamovible e inapelable es el cambio. Y es una contradicción terrible y hermosa.
En segundo lugar, porque esta es una ley natural completamente independiente de la voluntad humana. Todo esfuerzo para prevenir el cambio es fútil, con independencia de la férrea determinación y de la fiereza con la que nos opongamos a ella. Antes o después, todo cambia y no podemos evitarlo.
En tercer lugar, porque es el complemento ideal a la mortalidad humana. El presente que vivimos cambiará, si no lo ha hecho ya, y solo podremos apreciar este presente cuando haya desaparecido bajo la marea del cambio. Es el sustento de la trilladisima expresión "Carpe diem": si no aprovechas el momento, este desaparecerá y no podrás hacer nada por evitarlo.
Todo cambia.
Escribía con la intensidad de la prepotencia adolescente, con la vehemencia de unos sentimientos mal gestionados, con ardiente pasión de lo que, en aquel entonces, consideraba mis verdades. Carezco ya de esas convicciones, un cinismo obligado por la experiencia ha destruido esas pasiones y me ha aportado plena consciencia de la volubilidad de mis sentimientos.
Escribía para las personas que más me importaban, como un manzano que protege y mima las manzanas que cuelgan de sus ramas esta primavera. Esas manzanas maduraron, cayeron de sus ramas y se pudrieron en el suelo y el manzano siguió dando frutos. De la misma forma, esas personas apenas aparecen ya en mis pensamientos.
Escribía mucho y libremente, con independencia de quién me leyera -qué cojones, cuanta más gente me leyera mejor, iba a ser el nuevo García Márquez- y ahora apenas lo hago y siempre bajo la terrible vigilancia de la autoconsciencia, evitando contradecirme, no vaya a ser que alguien encuentre esto.
Todo cambia.
Este diario, esta etapa de escritorzuelo estaba cerrada y enterrada. No podía, no sabía, no quería seguir adelante con ella. Demasiado esfuerzo, demasiado compromiso, demasiada vulnerabilidad. No tenía sentido seguir intentando resucitar unos huesos blanqueados por el paso del tiempo, quebrados por los pisotones de la vida.
Pero todo cambia.
B.
27.2.11
Google tiene la respuesta a casi todo
Y vale que no escribo y soy de poco fiar. Pero cuando me mis dedos deciden que no hay final, que los pensamientos desbordan el cráneo y las palabras surgen de mis oídos bañándolo todo de un añil pestilente, sí, es en este tipo de momento en el que se escribe. Como mis últimas 25 entradas y todas las que seguirán a ésta. Es peor el exceso de acontecimientos que el de copas, pero se vomita igualmente.
Y se puede hablar de un millón de temas de actualidad, de algo que no sea una perdida de tiempo leer -revoluciones democráticas en Oriente Próximo o alguna ley que se aprobó limitando algún derecho- pues sí, pero temo que si dejo que a mi cabeza la tome el adultismo, nunca escapará de ese mundo de cifras grises y palabras aburridas como legajo o politológico, como economicista o esquema.
Sólo es imaginable la frustración del peso de la rutina tendidos bocarriba en un parque esmeralda mientras las nubes, indecentes ellas, indiferente tú, te adelantan con el fluir del tiempo.Es cuando tú, perezosa y juguetona, derramas las últimas gotas de agua por su nuca, para ver como bajan, lentas y tranquilas, descolgándose entre el vello de tu espalda y deseo ser tan efímero como esa acuosa fugitiva, diminuta perla de felicidad pura.
Pero no hay una abstracción que permita abandonar este mundo de una vez por todas. Ignorar los problemas, abandonar las creencias y abrazar el hedonismo puro, convertirse en una roca impasible, en un juez neutral que no dicta sentencia porque es implicarse demasiado, y volver a tener siete años y recibir pelotazos para trazar planes de venganza imposibles... pero no existe esa abstracción. No puedes volar por encima de las vallas y fronteras, no puedes imaginar todo como un todo porque te encadena la educación, tus principios y valores, te encadena tu familia y sus cenas de navidad y comidas dominicales, tus amigos, tus decisiones las correctas y las equivocadas, tu novia, tus brazos y piernas, tu casa, tus estudios, la botella de cerveza y el mechero, te encadena tu música, los besos bajo las sábanas, aquella película del año que naciste, las dos cucharadas de azúcar en el café y el piti de después.
Y sólo quieres escapar y no necesitas saber más. Hay que poner cosas en orden y está claro que no se puede hacer en un sitio tan atestado de rutina y polvo. Pero ¿como escapar sin salir de tu propio tú? Pues así... de esta manera, más o menos fea, que ni saluda al nuevo año ni habla de lo que quiero que hable salvo para señalarme y decirme: "has fracasado una vez más, pero yo no te abandonaré... para que tu fracaso te persiga."
Y se puede hablar de un millón de temas de actualidad, de algo que no sea una perdida de tiempo leer -revoluciones democráticas en Oriente Próximo o alguna ley que se aprobó limitando algún derecho- pues sí, pero temo que si dejo que a mi cabeza la tome el adultismo, nunca escapará de ese mundo de cifras grises y palabras aburridas como legajo o politológico, como economicista o esquema.
Sólo es imaginable la frustración del peso de la rutina tendidos bocarriba en un parque esmeralda mientras las nubes, indecentes ellas, indiferente tú, te adelantan con el fluir del tiempo.Es cuando tú, perezosa y juguetona, derramas las últimas gotas de agua por su nuca, para ver como bajan, lentas y tranquilas, descolgándose entre el vello de tu espalda y deseo ser tan efímero como esa acuosa fugitiva, diminuta perla de felicidad pura.
Pero no hay una abstracción que permita abandonar este mundo de una vez por todas. Ignorar los problemas, abandonar las creencias y abrazar el hedonismo puro, convertirse en una roca impasible, en un juez neutral que no dicta sentencia porque es implicarse demasiado, y volver a tener siete años y recibir pelotazos para trazar planes de venganza imposibles... pero no existe esa abstracción. No puedes volar por encima de las vallas y fronteras, no puedes imaginar todo como un todo porque te encadena la educación, tus principios y valores, te encadena tu familia y sus cenas de navidad y comidas dominicales, tus amigos, tus decisiones las correctas y las equivocadas, tu novia, tus brazos y piernas, tu casa, tus estudios, la botella de cerveza y el mechero, te encadena tu música, los besos bajo las sábanas, aquella película del año que naciste, las dos cucharadas de azúcar en el café y el piti de después.
Y sólo quieres escapar y no necesitas saber más. Hay que poner cosas en orden y está claro que no se puede hacer en un sitio tan atestado de rutina y polvo. Pero ¿como escapar sin salir de tu propio tú? Pues así... de esta manera, más o menos fea, que ni saluda al nuevo año ni habla de lo que quiero que hable salvo para señalarme y decirme: "has fracasado una vez más, pero yo no te abandonaré... para que tu fracaso te persiga."
14.10.10
Ventanas

Y el Sol se hundió tras el horizonte, dejando las purpureas nubes a merced de las estrellas. Tras la ventana, su cara languidecía, imitando al día. Con los ojos enrojecidos e hinchados, se obligó a apartar la vista. "Ya mirarás luego" se dijo "cuando termines". Y bajó de nuevo la cabeza.
Detrás de su ventana, los jovenes se reunían para su homilía semanal de mucho vino y poco pan. Los cines y teatros se llenaron de multitudes alegres, que acudían a cambiar sus problemas por los del heroe del espectaculo, conscientes de que la preocupación siempre que no sea propia, es mucho más ligera.
La noche, siguió avanzando, buscando el amanecer a pasos de baile, uniendo amantes, separando contenido de los estomagos de su recipiente original, entre humo y sudor, parandose a observar los tranquilos sueños infantiles. Y él, mientras tanto, insomne obligado, veía pasar la noche como quien ve pasar el tren de su vida y no tiene dinero para cogerlo.
El amanecer le sorprendió aún delante de su ventana. El Sol le acaració la cara para invitarle a salir. "No puedo" se dijo "aún no. Cuando termine." Y bajó de nuevo la mirada, esclavo de su fuerza de voluntad. Los gorriones y palomas piaron quejandose del frio del alba. El asfalto se colocó y poco a poco los urbanitas empezaron a tomar las calles a golpe de claxon y prisa. Pero dentro de su habitación, el aire seguía igual de cargado, dando esa sensación de inmovilidad que tienen los domingos por la tarde y las horas de la siesta.
El Sol siguió su camino, observando el Mundo, sorprendido por su eterno fluctuar. El Mundo, sin embargo, no presta atención al Sol suponiendo su posición vigilante. Pero ante el desinterés popular, él es el único que atiende al lorenzo, no tanto por el recorrido realizado, sino por las horas que caminan de la mano del astro rey.
Pero en lo que él no se fija es que da igual cuanto tiempo pase. Si no paras de mirar por la ventana y no miras a los apuntes, los examenes no se estudian solos.
Mirando por la ventana,
Birlo
Birlo
26.9.10
Parece

que han pasado siglos desde la última vez que me senté a escribir. Lo echo de menos y me encuentro muchas noches jugando con frases y palabras que me encantaría compartir. Culparía a los horarios, a las inescusables cañas y copas con unos y otros, a los estudios, a cierta chica, a amigos inciertos y a otra serie de accidentales despistes que me han alejado de este teclado; pero al final uno tiene que sincerarse y no puedo culpar a otra persona que no sea yo.
Si bien siempre he defendido que uno no puede escribir sin ganas de ello, es igual de cierto que si tienes ganas de escribir, no deberías evitarlo. Porque por mucho que te esfuerces en lo contrario, la vida sigue siempre. La vida, sus golpes y caricias, se van acumulando en la parte trasera del cráneo, oprimiendo la expresividad y creando esa horrible sensacion de zozobra metalica en el pecho, de la que uno necesita liberarse pero no sabe bien como: Se buscan nuevas aficiones, tienes charlas mientras acechas alguna personalidad interesante, escuchas musica nueva, sales a beber, viajas, cazas luciernagas, tomas el sol, lees un libro que hace años te gustó y, en general, tratas de no estar quieto ni un momento.
Pero por muy rápido que camine, por muy lejos que viajes, siempre llega el duro enfrentamiento con tu almohada, con los interminables minutos antes de que te venza el sueño. Y no hay juez más duro que uno mismo. Y me reprocho otra vez más mi falta de voluntad y de constancia, mi abandono hacia algo de lo que hace poco me enorgullecía y que fue mi confesor en alta voz durante tanto tiempo. Me averguenza pensar cuantas veces me he visitado Agujas de Trigo para comprobar la obviedad de que no había nada nuevo escrito y enfadarme con esa parte de mi que se cree literato y no es más que plumilla de panfleto, que por su dejadez perderá algo de las cosas que siempre ha considerado hacer bien.
Por que, sin quererlo, llegué a crear una sensación de dependencia con este pequeño espacio digital, que era mi oyente más atento y comprensivo, al que contaba mis trascendentales problemas con tono altivo y solemne (ahora me rio o no entiendo la mayoria de ellos) sin pedir nada a cambio, más que quizás una actualización de vez en cuando y un poco de constancia. Pero mi necesidad de atención fue absorbida por otros eventos y como todo buen ególatra* mi cariño se desplazó a quien más caso me hacia. Y es que ni la mayor de las paciencias ni años de comprensión pueden ser rivales al dulcísimo pero efimero triunfo social de los bares.
Es por todo esto que hace siglos que no me siento a escribir. Es por todo esto que me lamento y me flagelo (de forma figurada, claro está) por haber abandonado a mis fieles compañeras del trigal.
Prometería ser más constante y volver a ver este blog como un florido valle de ideas, pero me conozco bastante bien. Solo espero que el placer de terminar un post, como el que me está invadiendo ahora mismo, sea suficiente para recordar en mi porque abrí esta página.
De nuevo,
Birlo
* Seguro que alguién se está frotando las manos con esta frase.
6.8.10
Y...
me descubro perdido entre las reminiscencias de un olor, antes sofocante ahora oculto, entre las arrugas de una vieja camiseta.
Y me recuerda a dias más verdes.
B.
Y me recuerda a dias más verdes.
B.
28.4.10
Brindis
Y ahora que estamos todos reunidos, bien satisfechos, paladeando este calor, propongo un brindis:
Birlo.
Por el interminable segundo que precede una sonrisa.
Por los minutos que se perdieron en el fondo de tus ojos.
Por las noctambulas horas en las que deambulas por mi cabeza.
Por los dias de ansia y rabia, hija y madre de encuentros fortuitos.
Por ti, sin duda alguna y evidentemente. Chin chin!
Y mil jarras se alzaron salpicando de cerveza y alegria todos los rincones.Por los minutos que se perdieron en el fondo de tus ojos.
Por las noctambulas horas en las que deambulas por mi cabeza.
Por los dias de ansia y rabia, hija y madre de encuentros fortuitos.
Por ti, sin duda alguna y evidentemente. Chin chin!
Birlo.
22.4.10
Bochorno
Miras a la ventana y ves el sol asomar sus cuernos, arañando la ciudad. Y sabes que va a ser un buen día. No hay ninguna razón para pensarlo: kilos de apuntes se desparraman por tu mesa, el móvil lleva mudo más de dos semanas, no te acuerdas del sabor de la cerveza y la última vez que saliste de la rutina universidad-casa fue para ir a hacer unas fotocopias. Y ni siquieran estaban bien cuadradas. Pero eso no importa. No importa porque hoy va a ser un buen dia. Y lo sabes sin necesidad de explicaciones.
Sales a la calle y lo hueles. Tensión contenida, electricidad estática. El sudor se pega a tu piel como una mortaja y el aire cargado ralentiza tus pasos. La gente que te rodea está crispada, como animales demasiado grandes para sus jaulas. Una sucia agresividad invade el vagón de metro donde viajas, la cafeteria donde comes, la clase donde estudias, la ciudad donde vives. Lo percibes con los pelos de la nuca y con la punta de la lengua. Y empiezas a dudar. Quizás no va a ser un buen día, las apariencias engañan y el instinto es más traicionero si cabe. Quizás no va a ser tan buen día.
Tienes que hacer y que entregar... bueno, es mejor no pensarlo. Total, no te vas a acordar de todo y si te acuerdas, no vas a tener tiempo para hacerlo. Pero da igual porque ya notas el agobio echandote su caluroso aliento en el cuello. Y nada sale bien.
Sigues sudando. El plan del fin de semana que parecía tan apetecible muta, cambia de forma, se transforma en una nube de humo. Te encuentras otra vez más en compañia de la comida rápida, tu sofá y alguna pelicula que se deje ver.
La gente te mira violenta, agresiva y notas sus ojos cansados y amargos como puñales en la espalda. Y ese chico que se parecia a Benicio del Toro que te iba a llamar ni siquiera te da un toque. Y esa chica con más curvas que una carretera de montaña que confiabas en que te mandara un mensaje ha decido joderte. Hay un rumor en tu interior, algo que crece. Te enfadas. No puedes evitarlo. El día, que nació sonriendo, ahora se rie de ti. No va a ser un buen día, piensas. Pero lo piensas, no lo sabes.
Sólo de nuevo. Sólo, jodido y triste como Prometeo. Maldices el amanecer engañoso, el calor viscoso, la tensión, la gente, a Dios y todo lo que se ponga por delante. Todo a la mierda. Arded en este calor sucio y pegajoso, cabrones. Todo a la mierda. Todo.
Hasta que el cielo se rasga en mil pedazos.
Pedazos que caen poco a poco, a camara lenta, como si estuvieran disfrutando del viaje. Un ejercito de agua que besa, que araña el suelo, se precipita sobre ti, te abraza y estás agradecido. Limpia poco a poco tu sucia exudación, te arranca las lagrimas a base de caricias, te reconforta, te levanta otra vez hasta el mundo.
Sonries. No queda otro remedio cuando lo entiendes todo. Sonries porque entiendes que hoy no es un mal día porque no existen los malos días. Un día solo es un lienzo en blanco. Eres tú el que puedes hacerlo bueno. Y lo sabes. Y siempre lo has sabido. Pero es más dificil percatarse de ello cuando el bochorno no te deja pensar.
Birlo.
PD: ¡Al fin! ¡Algo publicable!
Sales a la calle y lo hueles. Tensión contenida, electricidad estática. El sudor se pega a tu piel como una mortaja y el aire cargado ralentiza tus pasos. La gente que te rodea está crispada, como animales demasiado grandes para sus jaulas. Una sucia agresividad invade el vagón de metro donde viajas, la cafeteria donde comes, la clase donde estudias, la ciudad donde vives. Lo percibes con los pelos de la nuca y con la punta de la lengua. Y empiezas a dudar. Quizás no va a ser un buen día, las apariencias engañan y el instinto es más traicionero si cabe. Quizás no va a ser tan buen día.
Tienes que hacer y que entregar... bueno, es mejor no pensarlo. Total, no te vas a acordar de todo y si te acuerdas, no vas a tener tiempo para hacerlo. Pero da igual porque ya notas el agobio echandote su caluroso aliento en el cuello. Y nada sale bien.
Sigues sudando. El plan del fin de semana que parecía tan apetecible muta, cambia de forma, se transforma en una nube de humo. Te encuentras otra vez más en compañia de la comida rápida, tu sofá y alguna pelicula que se deje ver.
La gente te mira violenta, agresiva y notas sus ojos cansados y amargos como puñales en la espalda. Y ese chico que se parecia a Benicio del Toro que te iba a llamar ni siquiera te da un toque. Y esa chica con más curvas que una carretera de montaña que confiabas en que te mandara un mensaje ha decido joderte. Hay un rumor en tu interior, algo que crece. Te enfadas. No puedes evitarlo. El día, que nació sonriendo, ahora se rie de ti. No va a ser un buen día, piensas. Pero lo piensas, no lo sabes.
Sólo de nuevo. Sólo, jodido y triste como Prometeo. Maldices el amanecer engañoso, el calor viscoso, la tensión, la gente, a Dios y todo lo que se ponga por delante. Todo a la mierda. Arded en este calor sucio y pegajoso, cabrones. Todo a la mierda. Todo.
Hasta que el cielo se rasga en mil pedazos.
Pedazos que caen poco a poco, a camara lenta, como si estuvieran disfrutando del viaje. Un ejercito de agua que besa, que araña el suelo, se precipita sobre ti, te abraza y estás agradecido. Limpia poco a poco tu sucia exudación, te arranca las lagrimas a base de caricias, te reconforta, te levanta otra vez hasta el mundo.
Sonries. No queda otro remedio cuando lo entiendes todo. Sonries porque entiendes que hoy no es un mal día porque no existen los malos días. Un día solo es un lienzo en blanco. Eres tú el que puedes hacerlo bueno. Y lo sabes. Y siempre lo has sabido. Pero es más dificil percatarse de ello cuando el bochorno no te deja pensar.
Birlo.
PD: ¡Al fin! ¡Algo publicable!
6.4.10
Claustrofobia.

El suelo es blando y cálido, como la moqueta de una habitación de hotel. Lo nota a través del vestido. Hay un cierto olor a tabaco, no muy molesto, o al menos no más alguien se fumara un cigarro a varias mesas de distancia de donde estás cenando. Y aunque no le molesta, tiene interés por saber quien está fumando, asi que abre los ojos y mira alrededor.
A primera vista está en una gigantesca sala, quizás del tamaño de un teatro o de una plaza pequeña. Una sala con las altas paredes rojas, el blando y cálido suelo rojo y el techo, alzandose a más de cinco metros sobre su cabeza, del mismo color encarnado. La habitación, si se puede llamar así, está iluminada con una luz tenue que parece brotar de las mismas paredes y el suelo, arrojando una luz escarlata y le permite ver... nada. Porque no hay nada en toda la habitación. Ni una mesa, ni una lampara, ni una alfombra. Nada que salve a su vista de la monotonía carmesí .
Así que se ha despertado en una habitación roja. Roja y vacia. Piensa durante unos segundos en el cigarrillo que la ha incitado a abrir los ojos antes de darse cuenta de lo terriblemente aburrido que va a ser buscar la salida de una habitación tan grande. Además sin tabaco. Es momento de levantarse.
Cuanto antes empiece, antes la encontrará. Ya de pie, se alisa el vestido y mira de nuevo a su alrededor. Parece que las paredes no están tan lejos. Cosas de la perspectiva se dice, encogiendose de hombros. Decide acercarse a una pared y seguirla para encontrar la salida, como hacen los miedicas en el Tunel del Terror. Y echa a andar. Un pasito, y otro, y otro, y otro.
Y ya está. Ha dado la vuelta a la habitación y no ha encontrado ninguna puerta. Está atrapada. No hay escapatoria. Morirá de hambre, de sed o de algo peor allí. Va a echarse a llorar cuando cae en la cuenta. ¿He rodeado toda la habitación? se pregunta ¿Es aquí donde empecé a andar? ¿es más allá? No puede creerse lo boba que ha sido. Si no deja una señal, no sabe donde empezó a andar. Puede que no haya llegado o puede que se haya pasado. Habrá que volver a empezar, esta vez dejando el lazo del vestido en el suelo para poder ver donde empezó. Echa un vistazo a la sala otra vez. Parece más pequeña. No tiene sentido, las salas no encogen, ni siquiera las que son tan extrañas como ésta. Sin duda, ahora que la conoce más no le parece tan grande como a primera vista. Eso es lo que pasa, cosas de la perspectiva se dice. Y ahora a andar. Un pasito, y otro, y otro, y otro.
De repente pisa el lazo. No se lo esperaba. No puede ser. No puede haber tardado tan poco en rodear toda la sala. Es demasiado grande. Pero el lazo está ahi, acusador. Y no ha encontrado ninguna puerta. Está encerrada. Atrapada. No hay escapatoria. Morirá allí de hambre, de sed o de algo peor. Las paredes se vuelven agobiantes, demásiado cercanas. Cuando mira el otro lado de la habitación, es obvio que más cerca que la primera vez. Pero eso no puede ser. Las habitaciones no encogen. Y como la curiosidad es más fuerte que el miedo, decide cruzar la habitación de extremo a extremo para ver quien o que está moviendo las paredes y decirle cuatro palabras. Ya es suficiente con estar perdida y al borde de la claustrofobia como para que encima anden bromeando a costa de una. Y en doce pasos cruza la habitación. ¿Doce? ¿Como han sido tan pocos? No puede ser, volvamos y contemos bien, se dice. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¡¿Ocho?! Esto si que no puede ser. No, no, no. Levanta la mano hacia la cabeza en el clásico gesto que han adoptado todos los pensadores de rascarse la coronilla y grita al tocar algo. Al mirar hacia arriba ve el techo, a menos de un palmo. Y todo se aclara. No es una habitación menguante. Es ella, que está creciendo demasiado. Sí, no hay ninguna duda, es ella. Está creciendo de una manera desmesurada. Muy rápido. Demasiado rápido. Se acuerda de Alicia, la del País de las Maravillas cuando prueba uno de aquellos pastelillos. Lo que no recuerda es cómo se libró Alicia. De hecho, no recuerda si llegó a librarse o murió asfiaxiada. Se golpea la cabeza contra el techo. Parece que le queda poco tiempo para respirar.
Inacabado. Pero publicable por méritos propios.
Birlo
31.12.09
Adios
Este es, con toda seguridad, el post más duro que he escrito.
Por eso he estado posponiendolo durante tanto tiempo. Aunque no es la única razón: supongo que me molestaron todos las frases, todas las fotos, mucho teatro para mi gusto, al fin y al cabo, sabes como soy. Pero, quizás, la razón más importante por la que no he escrito antes es que me prometi a mi mismo que sólo escribiría esto cuando estuviera preparado. Me jode admitir que me equivoco, pero en este caso es evidente. Nunca se está preparado para estas cosas ni terminas de acostumbrarte. Te arrancan algo dentro de ti -así lo describió una amiga común- y jamás vuelven. Estoy rompiendo mi promesa, te escribo un homenaje (o algo así) pero no estoy preparado y esto va camino de ser uno de los millones de borradores del mismo texto.
Quizás lo termine hoy. Me da miedo. Me da miedo que una vez plasmado todo lo que siento, una vez liberada la pena de mi corazón, se cierre la herida y cauterice el vacio provocado por tu muerte. Me da miedo olvidar y me da miedo olvidarte y que no seas mas que una sombra borrosa de un muchacho que conocí en mi juventud.
Cuando pienso en estas cosas o pienso en ti, intento mirar fotos de aquellas de San Juan o de Mallorca. Duelen y me gusta que duelan porque indica que no sólo es imposible que te olvide o te relegue a un personaje secundario en la historia de mi vida, sino que has sido una persona muuy importante en mi vida. Si hay algo real e infinito, no es la estupidez humana como decía Einstein, sino la capacidad de arrepentimiento. Y, de verdad, me hubiera gustado hacerte saber que eras un Amigo, de verdad, de los que llevan mayusculas, de los que suelo decir que cuentas con los dedos de una mano y te sobran seis dedos. Y ahora has muerto y yo siento como si me hubieran cortado los brazos.
Pero hay que ceder el terreno a los situaciones de facto. Y el hecho es que no estás aquí, no estás en el Messenger, en el Tuenti o en el Facebook (que por cierto, me sigue recordando que hace mucho que no hablo contigo), nos has dejado y no vas a volver. Y lo unico fisico que nos queda de ti es una losa de marmol, fria y gris, que ni me recuerda a ti, ni a ti mismo te hubiera gustado. Sin embargo, por mucho que duela te has ido regalandonos algo. Todo lo ocurrido nos ha hecho madurar. Madurar a hostias, que es la única manera. Todo lo que yo puedo pensar es que te echo de menos y me arriepiento de cada dia de no haberte podido conocer más.
No sé, realmente, por mucho que escriba, no termino de explicar lo que realmente siento. Pero me siento mejor.
Adios amigo.
Por eso he estado posponiendolo durante tanto tiempo. Aunque no es la única razón: supongo que me molestaron todos las frases, todas las fotos, mucho teatro para mi gusto, al fin y al cabo, sabes como soy. Pero, quizás, la razón más importante por la que no he escrito antes es que me prometi a mi mismo que sólo escribiría esto cuando estuviera preparado. Me jode admitir que me equivoco, pero en este caso es evidente. Nunca se está preparado para estas cosas ni terminas de acostumbrarte. Te arrancan algo dentro de ti -así lo describió una amiga común- y jamás vuelven. Estoy rompiendo mi promesa, te escribo un homenaje (o algo así) pero no estoy preparado y esto va camino de ser uno de los millones de borradores del mismo texto.
Quizás lo termine hoy. Me da miedo. Me da miedo que una vez plasmado todo lo que siento, una vez liberada la pena de mi corazón, se cierre la herida y cauterice el vacio provocado por tu muerte. Me da miedo olvidar y me da miedo olvidarte y que no seas mas que una sombra borrosa de un muchacho que conocí en mi juventud.
Cuando pienso en estas cosas o pienso en ti, intento mirar fotos de aquellas de San Juan o de Mallorca. Duelen y me gusta que duelan porque indica que no sólo es imposible que te olvide o te relegue a un personaje secundario en la historia de mi vida, sino que has sido una persona muuy importante en mi vida. Si hay algo real e infinito, no es la estupidez humana como decía Einstein, sino la capacidad de arrepentimiento. Y, de verdad, me hubiera gustado hacerte saber que eras un Amigo, de verdad, de los que llevan mayusculas, de los que suelo decir que cuentas con los dedos de una mano y te sobran seis dedos. Y ahora has muerto y yo siento como si me hubieran cortado los brazos.
Pero hay que ceder el terreno a los situaciones de facto. Y el hecho es que no estás aquí, no estás en el Messenger, en el Tuenti o en el Facebook (que por cierto, me sigue recordando que hace mucho que no hablo contigo), nos has dejado y no vas a volver. Y lo unico fisico que nos queda de ti es una losa de marmol, fria y gris, que ni me recuerda a ti, ni a ti mismo te hubiera gustado. Sin embargo, por mucho que duela te has ido regalandonos algo. Todo lo ocurrido nos ha hecho madurar. Madurar a hostias, que es la única manera. Todo lo que yo puedo pensar es que te echo de menos y me arriepiento de cada dia de no haberte podido conocer más.
No sé, realmente, por mucho que escriba, no termino de explicar lo que realmente siento. Pero me siento mejor.
Adios amigo.
8.9.09
Pies.

El frio y gris circulo de la rutina es como una mierda cubierta con las hojas del otoño: no la ves, pero ella esta ahi para arruinarte los zapatos.
El verano agoniza. Veo los zapatos pisar lluvia. Veo los zapatos patear suelos. Veo los zapatos saltar. Veo los zapatos discutir. Y aun con todo, soy incapaz de ver el primer amanecer de Junio. Y para verlo hay que coger carrerilla, atarse los cordones y saltar al vacio, caer y partirse la pierna.
Pero no son los tobillos frágiles, las rodillas son elasticas. Son los zapatos. Vivir atado a un cordel. Eso es lo que enquilosa las piernas y quiebra los huesos. Eso es lo que encarcela el alma y amordaza la vida.
Porque estoy harto de llevar los mismos zapatos, porque no tengo porque hacerlo para andar por el agua, porque respiro mejor sin ellos y porque no quiero dejar huella mas que una sonrisa pasajera.
Por eso me descalzo.
B.
6.8.09
Juego de palabras (III)
Basta! No doy abasto abasteciendo tan vasto bastion de bastones en Boston!
Birlo
Birlo
14.7.09
¡Oh, Jack...
menos mal que has venido! Ya sabes lo que me aburren estas fiestas. Todo el mundo cacareando y gritando a la vez frases inconexas y estúpidas, interrumpiendose mutuamente para arrojar otro comentario banal a una conversación sin sentido. Fijate, ¿ves a aquella chica rubia? Sí, la que está detrás de esos tres babosos. Mira a los babosos, que pateticamente comicos parecen intentando llamar su atención. Y la chica les mira asustada pero en realidad por dentro está encantada, justo al contrario que sus amigas -las de esa esquina, allí- que están riendose como hienas aunque por dentro se mueran de envidia. Y esos dos que ves en la barra abrazados, antes de que vinieras tú no se conocían, pero con la copa en la mano cualquier imbecil puede disfrazarse de amigo. No estoy diciendo que tú no seas mi amigo de verdad, pero tú eres un caso aparte. Tú sabes escuchar de verdad y como y cuando consolar. ¡Oh vaya, Jack, espero no estar aburriendote! Es que sin tí, esta fiesta no tenia ninguna gracia. Como mi vida.
Entonces cogí un vaso, puse un par de hielos y serví un largo trago de mi buen amigo Jack Daniel's.
Por el alcohol, fuente y solución de todos nuestros problemas,
Birlo
Entonces cogí un vaso, puse un par de hielos y serví un largo trago de mi buen amigo Jack Daniel's.
Por el alcohol, fuente y solución de todos nuestros problemas,
Birlo
11.7.09
Juego de palabras (II)
Las llanuras plañian con llantos añiles mientras llovian llamas y ñus.
Ñañañaña,
Birlo
Ñañañaña,
Birlo
8.7.09
Juegos de palabras (I)
Tres tropas trajeadas y atrofiadas trabadas con psicotropicos trajinan para trucar tremendas tracas en sus entrenamientos en el trópico.
Birlo
Birlo
7.7.09
Dos botellines

Casi medianoche. Dos botellines de cerveza charlan en una tranquila terraza de bar. Detrás con el brazo como una correa, sus dueños: un chico desgarbado, ojeroso y una chica con el pelo largo y enredado. Rien y hablan. Hablan y rien. El polvo y el calor no importan. Ellos rien. No hay nada por lo que fruncir el ceño. Esta noche no.
Ahora están ebrios. Se miran y ven sus ojos borrosos esbozados en los ojos del otro. Las mandibulas se cansaron de brincar de risa. Los botellines se alinean, vacios, secos, en el suelo de piedra. El camarero está ligando con la rubia de la barra así que nadie recoge los cadaveres de tan desigual batalla. Ellos callan y se miran. Se miran y callan. No están tristes y es posible que no quisieran estar en otro lado, por eso no hace falta decir nada.
Todo, bien o mal, acaba. Las noches no son menos. En el momento de despedirse, él no hace un comentario ingenioso, gracioso a la vez que insinuante, original y sin que se le trabe la lengua que hace que ella no pueda evitarle besarle. En el momento de despedirse, ella no anda unos pasos, piensa y se da la vuelta para correr a sus brazos y fundirse en un exquisito beso. Los finales de pelicula dejenlos a los guionistas. En la vida real, charlan hasta la parada de autobús, se dan dos besos y ya en el autobús ella, andando él se permiten imaginar y quizás un leve suspiro.
Dos botellines más,
Birlo
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